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Conocimiento Científico y Posmodernidad

Uno de los fundamentos esenciales de la "corriente de pensamiento posmoderna" se caracteriza por realizar una revisión crítica del destino de la modernidad como proyecto político y, además, por establecer las características básicas del estado actual de la cultura luego de cambios importantes durante la segunda mitad de este siglo en el ámbito científico-técnico, político y cultural. Así, la posmodernidad correspondería a un nuevo momento sociocultural expresado en una suerte de mixtura y resultado entre el fracaso de las concepciones tradicionales de representación política a través de ideologías y los efectos prácticos que estos cambios han significado en el funcionamiento cultural.

Desde el punto de vista de la filosofía política, la tesis central que desarrolla la "corriente posmoderna" consiste en sostener que la modernidad en cuanto proyecto político ha llegado a su fin, dado que ya no es posible hablar de la historia como un proceso único en donde existe un centro doctrinario a partir del cual se ordenan los acontecimientos; por ello, la idea de progreso en cuanto sentido y dirección de la historia se ha vuelto un concepto vacío. Fenómenos como las guerras mundiales, las catástrofes ecológicas, el nazismo, el temor al desastre atómico y la miseria en buena parte del mundo anulan una visión de la historia como un proceso de emancipación progresiva de la humanidad tal como había sido pensado en la Ilustración. De este modo, se diluye una direccionalidad de la historia como destino necesario, como perspectiva convencida de su propuesta. El fin de la modernidad marcaría, por el contrario, la instauración de la multiplicidad de perspectivas; la descentralización aparece como el aspecto decisivo del nuevo momento posmoderno como supuesto epistemológico, político y cultural.

La posición posmoderna estima que la concepción tradicional de modernidad, de acuerdo con sus supuestos y delimitaciones filosóficas, se ha agotado. Esta hipótesis se sustenta invariablemente en las críticas a los fundamentos de la modernidad, expresada, por un lado, en el daño que han producido las visiones ideológicas totalizantes, globales, que han derivado la mayoría de las veces en fenómenos totalitarios y, por otro, por el carácter errático del desarrollo científico y tecnológico que, lejos de proporcionar bienestar a la humanidad, más bien ha generado una tendencia a la destrucción, dominación, enajenación y, por añadidura, un clima marcado por desigualdades sociales. En general, estos son los elementos que tienden a generalizarse en cualquier aproximación a la posmodernidad desde la perspectiva del pensamiento.

Uno de los pensadores actuales más nombrados en el análisis de la temática modernidad-posmodernidad es el filósofo francés Jean-François Lyotard. Este autoría quien se le atribuye haber incorporado la noción de posmodernidad en el ámbito filosófico habitualmente es considerado como "referente oficial" a la hora de sintetizar las posiciones posmodernas frente a la modernidad. Así, para este filósofo la noción que sintetiza simbólicamente la modernidad en el plano del pensamiento es la idea de emancipación, dado que la modernidad, en su concepto, se define en el ámbito de la filosofía política por la existencia de proposiciones ideológicas globales, por "filosofías de la historia" omnicomprensivas en torno a las cuales se ordenan los acontecimientos, las que incluyen invariablemente percepciones utópicas como "emancipación", "salvación", "progreso", "libertad", etc. Estos metarrelatos, como los denomina Lyotard, no tienen la intención, como la mayoría de los mitos, de buscar legitimación en un hecho originario y fundacional, sino en algo que está por venir, que se realizará en el futuro de manera universal, lo que fundamenta la proposición que sostiene que finalmente todas las organizaciones humanas se deben orientar en una dirección determinada, surgiendo así la emblemática noción de proyecto histórico.

Este discurso político, con un carácter totalizante, mesiánico, que garantiza un destino, es lo que a juicio de Lyotard le proporciona identidad ideológica a la modernidad, y sin duda su origen se puede situar en la propuesta elaborada a fines del siglo XVIII por la "filosofía de las luces", la que establecía que el desarrollo de las libertades políticas, de la ciencia, el arte, la educación, redimiría a la humanidad de la ignorancia, la pobreza y el despotismo, generando un individuo nuevo, feliz y constructor de su destino. Al igual que en la utopía ilustrada, Lyotard verá en la construcción de "grandes relatos" la identidadesencial de la modernidad, entre los que destacan la realización de la idea universal por el análisis dialéctico, la proposición marxista de la liberación del hombre alienado y el relato capitalista de la superación de la pobreza por el desarrollo técnico e industrial.

Jean-François Lyotard resume "oficialmente" la posición de que la modernidad se define en función de sus grandes relatos y utopías. Sin embargo, desde su perspectiva, muchos acontecimientos dramáticos de este siglo demuestran el fracaso de los discursos emancipadores de la modernidad, puesto que lejos de conseguirse grados crecientes de libertad, más bien se han instaurado, como la práctica histórica ha verificado, diversas formas de totalitarismo y de destrucción. Para Lyotard, este es un hecho decisivo que establece el fin de la modernidad. Su posición es categórica: "Mi argumento es que el proyecto moderno (de realización de la universalidad) no ha sido abandonado ni olvidado, sino destruido, «liquidado». Hay muchos modos de destrucción, y muchos nombres le sirven como símbolo de ello. «Auschwitz» puede ser tomado como un nombre paradigmático para la «no realización» trágica de la modernidad”.

Desde la crítica posmoderna, la crisis de los grandes relatos, por una parte, anula un sentido teleológico de la historia y, por otra, estimula una desconfianza de los proyectos universales por estimar que esconden intenciones totalitarias. Así, se va entendiendo y acotando que, dentro de las diferencias esenciales entre modernidad y posmodernidad, la primera se identifica con el progreso unilineal, la tecnociencia y la razón, y la segunda, más bien, con privilegiar la diferencia, la pluralidad, lo múltiple, lo diverso.

La comprensión de la posmodernidad, como un momento que se caracteriza por acentuar una concepción de la realidad basada en una diversidad fragmentada, se relaciona con el otro elemento básico en la definición de la era posmoderna: el rol decisivo que cumplen los medios de comunicación en el funcionamiento sociocultural.

De acuerdo con este antecedente, muchos investigadores señalan que la forma adecuada de definir la sociedad actual, a partir del momento cultural específico por el que atraviesa, es entendiéndola como una "sociedad de la información", ya que esto implica, por un lado, registrar el aspecto esencial que caracteriza a la cultura posmoderna y, por otro, establecer una definición en positivo de la sociedad actual, en el sentido de no resaltar lo que no es, como en el caso, por ejemplo, de hablar de "sociedad postindustrial", ya que esto, en definitiva, se convierte en un rótulo que alude a una localización temporal, determinando más bien lo que se dejó de ser al compararla con el modelo de sociedad anterior.

La sociedad de la información establece un cambio fundamental en la cultura actual, puesto que representa una transición de una sociedad que se define por la producción de bienes materiales a otra en la que el elemento clave en su definición es la producción y transmisión del saber, es decir, una sociedad en la que la creación y distribución del conocimiento y la información se ha transformado en la característica decisiva.

Asistimos a un momento en que se ha producido una revolución tecnológica de infinitas proporciones en el plano de la comunicación y la información, lo que ha traído como consecuencias inmediatas que la atmósfera cultural cotidiana del hombre actual consista en verse permanentemente "bombardeado" por información, implicando que el hábitat natural del hombre posmoderno sea, finalmente, vivir en forma habitual en torno a la estimulación y administración de datos, privilegiando claramente la información por sobre la formación.

Sin duda que entre los dos componentes básicos del momento posmoderno, como son el agotamiento de un discurso central y hegemónico de la historia y el auge de los medios de comunicación, existe una vinculación directa, puesto que la existencia de estas características es lo que permite dar paso a uno de los rasgos más importantes del nuevo momento cultural, considerado, además, como el gran aporte de la condición posmoderna: la tendencia a admitir la pluralidad de discursos y expresiones culturales que serán respaldadas y potenciadas por los medios de comunicación.

Desde la reflexión posmoderna, se argumenta que el desgaste de visiones ideológicas únicas y hegemónicas respecto del sentido de la historia posibilita el surgimiento de una multiplicidad de miradas sobre la realidad, lo cual es canalizado por los medios de comunicación, estableciéndose el vínculo entre estos dos componentes básicos en la configuración posmoderna. De esta forma, surge un "estallido de racionalidades locales" que en la práctica se expresa en que una diversidad de grupos sociales, minorías o subculturas que tradicionalmente estaban condenadas al silencio por el poder de discursos centrales y oficiales hoy toman la palabra; de ahí que la cultura posmoderna se exprese políticamente a través del discurso subcultural, que puede ser de inspiración ecológica, étnica, sexual, religiosa o estética, entre otras. De este modo, se establece una celosa complicidad entre el desgaste del discurso ideológico central y la función de los medios de comunicación, dado que el hombre actual vive en un momento político-cultural que se caracteriza por la irradiación de proposiciones doctrinarias que transitan en todas las direcciones y generalmente, digámoslo, con un alto grado de ligereza.

Así como los medios de comunicación pueden cumplir un rol que facilite el desarrollo y la exaltación de la diversidad cultural, y de esta forma contribuir a que no se imponga una tendencia única que pudiera derivar en expresiones totalitarias de representación de lo real, no es menos cierto que la forma como operan los medios de comunicación distorsiona el sentido y la dimensión de la realidad. En efecto, puesto que al caracterizar el momento cultural actual por la instauración del entrecruzamiento de múltiples perspectivas, que en el plano de la información actual normalmente se traduce en diversas imágenes, legítimamente nos podemos preguntar cuál es el significado "real de la realidad".

La pregunta se justifica puesto que el sentido que se le da a la forma de administrar y hacer llegar la información se caracteriza básicamente por dos orientaciones. Por una parte, por el alto grado de penetración en las conciencias de la forma y estructura de las imágenes, que en la práctica trae como consecuencia que el receptor reemplace lo real por lo virtual, por lo que su percepción y comprensión de la realidad termina siendo aparente, posible y habitualmente falsa. La representación de la realidad se convierte en la realidad misma, se sobredimensiona el significante en detrimento del significado a partir de una imagen etérea, volátil y desarraigada. Como lo expresa el investigador Jean Baudrillard, la realidad se vuelve un "simulacro" de realidad. Por otro lado, la forma de manejar la información se ve marcada por un sentido disperso y fragmentado, sin conexión con un centro ordenador y profundo, lo que sin duda se complementa con la presentación virtual de la realidad.

A partir de este contexto o escenario posmoderno, las consecuencias que surgen en el plano del conocimiento son evidentes, puesto que claramente la “filosofía de la fragmentación” se reproduce en el modo como aparece el conocimiento y como accedemos a él. Así, la situación es clara: el hombre actual se ve invadido por cúmulos abismantes de información expresado en datos dispersos, por lo que la actividad intelectual tiende a configurarse obsesivamente desde el antecedente transitorio y coyuntural. Este hecho obliga a establecer, hoy más que nunca, estrategias formativas que se orienten a implementar y perfeccionar mecanismos que permitan que un individuo en formación desarrolle capacidades imprescindibles como la jerarquización fundamentada, el análisis crítico, la exigencia de verificación, la distinción eficaz entre medios y fines, y el horizonte valórico en la adquisición y aplicación del conocimiento. De no establecerse estos logros como prioritarios dentro de un proceso formativo, la consecuencia es grave: confundir información con conocimiento, reducir lo que debe ser un saber estructurado, causal, hermenéutico y predictivo a la mera administración de datos.

El peso de la denominada “información” a través de toda la tecnología existente en la actualidad ha modificado incluso la concepción del tiempo y la forma de “habérselas con él”. En efecto, esta nueva noción del tiempo se asume desprovista de historia, sin ataduras al pasado, en que en muchos casos se impugna la tradición y el saber acumulado. Es un tiempo que destaca por su carácter rígidamente sincrónico, en donde el hombre se vincula con la realidad siempre en una dimensión pasajera, sin consistencia, frágil y brutalmente efímera. En este contexto, sin duda, los estados patológicamente ansiosos surgen por añadidura al imperar la idea de la premura obsesiva, al asignarles valor a las cosas en función de lo inmediato, de lo último, e incluso de lo que está por

aparecer. El instante que viene siempre es mejor, el presente se traduce en una actitud expectante pero insustancial, una realidad que en el mismo momento que se construye comienza a dejar de ser. Así, no sólo el futuro se vuelve virtual, sino también el presente.

Cuando en una sociedad el conocimiento se reduce básicamente a información en general efímera, dispersa y superficial¾ y no se develan adecuadamente la estructura y dirección del conocimiento, como tampoco sus objetivos éticos, es evidente que esta plataforma formativa no contribuye a disminuir los niveles crecientes de banalización que actualmente se observan; más bien, esta situación podría configurar una de las causas que explican el patético estado de la espiritualidad del hombre posmoderno, que lo convierten en un ser vulnerable sicológicamente dada su marcada inconsistencia cognitiva y espiritual. En este sentido, en el denominado “hombre débil” de la era posmoderna sobresale una inconsistencia axiológica, un claro empobrecimiento del diálogo y una ausencia evidente de la capacidad de análisis crítico de su propia existencia, como también del lugar que ocupa dentro de la sociedad. Al parecer, en el sentido de la vida del hombre posmoderno predomina escandalosamente una tiranía pragmática, en donde sólo se valora y se respeta una lógica cibernética que termina convirtiéndolo, por una deplorable calidad de su formación, en esclavo de lo que él mismo ha creado.

De este modo, implementar dispositivos educativos que contrarresten esta situación aparece como una exigencia epistemológica y formativa urgente en el actual momento sociocultural. De más está decir que para el logro de este replanteamiento educativo es bienvenida toda la tecnología disponible que contribuya a facilitar el proceso de formación, sólo se debe ser lo suficientemente prudente para no caer en el simplismo de confundir medios con fines, situación que resulta ser mucho más común de lo que imaginamos, particularmente cuando se observa la creciente fetichización de la tecnología como un fin en sí mismo, por sobre los objetivos o metas a lograr.

La forma como se presenta el conocimiento de naturaleza social y la sobredimensión del rol que cumplen los medios de comunicación en la actualidad le asignan a la sociedad posmoderna un perfil distintivo que tendrá claras consecuencias políticas. En efecto, la disolución de los grandes relatos y el estallido de diversas perspectivas potenciadas por los mecanismos de comunicación traen como consecuencia que los vínculos sociales tiendan a debilitarse, dado que la representación de una realidad dispersa sin vinculación con un todo, presente oficialmente en la cultura a través de los medios de comunicación, tiende a reproducirse en el espacio político a partir de su influencia y penetración en la sociedad, estimulando la existencia de individuos atomizados socialmente, los cuales carecen de un sentido de identidad, pertenencia y destino histórico. Así, se promueve más bien un individuo absorbido de manera permanente por el flujo de las sensaciones y acontecimientos, un sujeto que transita obsesivamente por una realidad que aparece y desaparece sin tener claro el origen y el destino, por lo que lo sitúa en una condición de desconcierto y superficialidad permanente, anulando severamente su capacidad de análisis crítico. Una de las consecuencias políticas más evidentes y dramáticas de esta situación es manifiesta: la instauración del hombre sin memoria histórica.

La concepción de hombre que está en juego en la posmodernidad se comienza a perfilar en una dirección ambigua, puesto que el hecho de que uno de sus supuestos básicos sea rechazar proposiciones doctrinarias que señalen un destino permite pensar que se propone ¾de manera tácita o explícita¾+ que el nuevo sentido de la historia consiste paradójicamente en la pérdida de sentido; es decir, si entendemos por destino histórico la posibilidad de que un tipo de sociedad futura sea contemplada en un proyecto ideológico a partir del análisis del pasado, y es justamente esta alternativa la que se niega, podemos colegir que el nuevo sentido de la evolución histórica se orienta al abandono de la historia, al "fin de la historia".

La primera interpretación que cabe frente a esta situación es que la proposición posmoderna, al anular, por un lado, al hombre en cuanto sujeto político por representar una realidad atomizada sin capacidad de presión y, por otro, declarar el fin de la historia, deja al individuo expuesto irremediablemente a aceptar lo que existe, a convivir resignadamente con el statu quo. Esto implica en el plano cultural quedar en manos del imperativo técnico de la sociedad cibernética, y en el plano social y político esperar que los problemas los solucione el sistema de manera "neutral" y "objetiva" en una suerte de “ingeniería social aséptica”, amparada en la nueva utopía que consiste en que una razón instrumental y funcionalista autorregule el sistema social, lo que en la realidad, como resulta evidente, es aceptar lisa y llanamente las decisiones políticas y económicas imperantes. Así, la posmodernidad, lejos de estar divorciada de la ideología, más bien establece un decidido compromiso con el escenario ideológico-político vigente.

Tal vez sería bueno señalar que este estado de cosas también se refleja en actuales posturas epistemológicas institucionalizadas, que establecen una determinada forma de aproximarse al conocimiento. De este modo, dentro del ámbito de las ciencias sociales, por ejemplo, tienen un fuerte posicionamiento concepciones epistemológicas altamente ideologizadas, cuya gran “coartada” consiste precisamente en aparecer como enfoques despojados de toda consideración ideológica y valórica en busca de la anhelada “objetividad científica”. Así, desde este enfoque todos los dispositivos gnoseológicos se orientan a privilegiar los métodos de investigación dentro del proceso de conocimiento, que de acuerdo con esta perspectiva normalmente se reducen a meras técnicas de recopilación de información, bajo el supuesto ¾absolutamente ideologizado¾ de que la realidad habla por sí misma, que sólo el antecedente empírico arrancado de la realidad garantiza la objetividad, por lo cual se establece una ruptura forzada y sobredimensionada entre el sujeto cognoscente y el objeto por conocer, privilegiando groseramente el “dato” empírico por sobre la teoría interpretativa, la información dispersa por sobre la comprensión estructural y causal, el objeto por sobre el sujeto que conoce. Lo que se logra es claro: reducir la investigación científica en ciencias sociales básicamente a la manipulación y administración de datos a partir de lo que existe, del funcionamiento actual de la sociedad, reduciendo al máximo los enfoques críticos que pueden surgir a partir de una percepción teórica global que visualice la posibilidad del cambio. En este sentido, estos enfoques, lejos de ser desideologizados como se postula, son totalmente comprometidos con la matriz ideológica de facto, puesto que el proceso cognoscitivo parte y termina en el dato empírico existente, sin considerar modificación estructural alguna, lo que implica, obviamente, validar ideológicamente lo que existe. Estas estrategias de investigación, independiente de sus intenciones, se adaptan cómodamente a la forma como se configura el conocimiento en el escenario posmoderno, situación que evidentemente debe ser revisada.

Es posible sostener que a pesar de que el planteamiento posmoderno ha significado una crítica digna de consideración en la forma como se ha conformado la modernidad, no es menos cierto, sin embargo, que esta crítica cae en exageraciones que en la práctica implican una tendencia a estimular una pasividad y un relativismo en el comportamiento y la conciencia política. Este hecho se considera grave y tiende a opacar el aporte que el pensamiento posmoderno puede ofrecer en cuanto valoración de la diversidad y la tolerancia cultural. En efecto, puesto que si el argumento central de su "re-visión" en la nueva episteme posmoderna es exaltar la fragmentación, la deconstrucción, la dispersión, inevitablemente el efecto político es ahondar la disgregación social, la falta de unidad en el logro de determinadas aspiraciones políticas y económicas al perder un punto de referencia central. De este modo, se refuerza el individualismo convirtiéndolo en la conducta normal e inherente a la condición humana y, además, se exacerba en el plano cultural una suerte de "esencialismo" que se orienta a hacer de cada cultura o subcultura una realidad cerrada y única, desvinculada del resto de la humanidad, lo que fácilmente puede ser el inicio de conductas xenofóbicas, racistas y discriminatorias en general, como producto de "identidades" mal entendidas.

No cabe duda de que si consideramos seriamente los elementos que están en juego en la atmósfera posmoderna, debemos reconocer que las exigencias formativas actuales adquieren un perfil inédito, pero al mismo tiempo urgente, dado el concepto de hombre que se configura en el actual momento sociocultural. Hoy se acepta sin discusión como lo “normal” un sujeto hedonista, individualista, descomprometido de manera total con todos los espacios de interacción social y en muchos casos con una alta propensión al desarrollo de conductas anómicas. Así, no es exagerado sostener que enfrentar situaciones como éstas desde la perspectiva del cambio implica un replanteamiento de los fundamentos del conocimiento, a fin de identificar las estrategias más eficientes para el logro de objetivos que contrarresten la situación a partir de las actuales circunstancias formativas.

La posmodernidad ha desarrollado una suerte de fobia por la presencia de elementos ideológicos, que en el plano de las estrategias epistemológicas y de aprendizaje se ha sostenido que distorsionan, perturban y enajenan el conocimiento de la realidad. Sin perjuicio de lo anterior, en que efectivamente se debe ser muy cauteloso con todos aquellos aspectos que obstaculicen el logro del conocimiento objetivo, no es menos cierto que la presencia de los medios de comunicación ha generado niveles de alienación tan o más altos en la generaciones jóvenes como la criticada ideología de antaño, con la diferencia de que esta última ¾a veces de manera equivocada¾ proporcionaba una referencia existencial, metafísica, fundacional, y en muchos casos heroica, en donde cada cual fijaba su posición y los límites eran claros. Hoy, en cambio, el escenario posmoderno establece una lógica, pragmática, oportunista y desencantada, en donde pierden sentido las convicciones más íntimas del ser humano al instaurarse la “ideología de lo híbrido” en el espacio político y ético. La percepción fragmentada de la realidad que fomenta el actual escenario sociocultural tiene consecuencias insospechadas desde el punto de vista de la formación intelectual y moral, puesto que se generan las circunstancias ideales para que sólo se valore una mentalidad operativo-funcional, acompañada de un antropocentrismo relativizador y narcisista que terminará implicando una renuncia al compromiso, expresado normalmente en una desconexión institucional, ya sea política, religiosa o familiar. No es extraño, en consecuencia, que en el plano valórico surja actualmente una bochornosa concepción de la tolerancia que no se sostiene en fundamentos doctrinarios sólidos, sino, muy por el contrario, se trata de una “tolerancia light o posmoderna” que surge como consecuencia de la indiferencia más pura y destemplada. En otras palabras, se es tolerante en cuanto se es indiferente; se trata de una tolerancia de la indiferencia y por la indiferencia.

A partir de lo que se ha esbozado, es posible sostener que las circunstancias de aprendizaje no son independientes del momento sociocultural por el que se atraviesa, por lo que sólo un diagnóstico lúcido del momento existencial por el que pasa una cultura permitirá enfrentar adecuadamente cualquier proceso formativo que pretenda estar bien orientado. En este sentido, el desarrollo de una sensibilidad respecto del momento cultural en el que se está no sólo implica estar atento a las necesidades presentes y futuras de la sociedad para un adecuado funcionamiento, sino también a las carencias que se generan en los individuos a partir de los efectos que un determinado modelo sociocultural produce. De este modo, no cabe duda de que en este momento la implementación de “ciclos básicos”, por ejemplo, en el inicio de la formación universitaria aparece como una interesante iniciativa para establecer necesarias y urgentes delimitaciones en el proceso formativo, en un momento que se caracteriza precisamente por las reformulaciones epistemológicas, éticas y culturales. Así, un aspecto clave consiste en que no sólo se deben adaptar las estrategias formativas a los cambios y necesidades que se producen en la cultura, sino que resulta imprescindible determinar previamente qué tipo de cambio se busca a partir de una profunda concepción de hombre y sociedad.

JoniJnm.es
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